martes, 18 de mayo de 2010

Querida amiga

Lucía Gómez Iglesias
Querida amiga:
Puede que nunca llegues a recibir esta carta, quizá porque yo no sea capaz de enviártela o porque cuando tú recojas el correo y veas mi nombre en el remitente no te apetezca abrirla, aunque también sé que hay una parte de ti que todavía quiere leer lo que escribo.
Han pasado ya muchos años desde que hablamos por última vez. No sé si tú te acordarás pero no hay un día que pase que yo no piense en ello. ¿Recuerdas que mi madre solía decir que la memoria es traicionera? Y tenía toda la razón... Y es que cada uno recuerda lo mismo de una manera diferente. Aquel día lo recuerdo tan perfectamente que me parece absurdo recurrir a la frase casi hecha de: “parece que fue ayer”, pues no me voy a engañar haciéndome creer que el tiempo no ha pasado y que no nos hemos distanciado de la manera que lo hemos hecho. Pero de ti me he llevado tantas cosas buenas... 
Recuerdo cada llamada que me hacías cuando sólo tú sabías que algo malo me pasaba, cada sonrisa que conseguías sacarme y cada palabra que hacía que me diese cuenta de lo mucho que te preocupabas por mí. Pasamos ratos muy buenos juntas, pero al final cada uno sigue su vida y su camino se hace único.
Éramos muy niñas cuando nos conocimos, y sé que no te puse las cosas muy fáciles cuando se trataba de hablar de mí, pero tú siempre lograbas ver lo que me hacía estar enfadada con el mundo y lo arreglabas. Allí donde yo veía una poesía, tú veías el fragmento de la vida de alguien; cuando yo veía una película acompañada de palomitas, tú la acompañabas de una caja de pañuelos o de un sin fin de carcajadas; donde yo veía una simple ola, tú contemplabas la más perfecta obra jamás creada; allí donde yo veía a una persona llena de arrugas y encorvada hacia la tierra, tú sólo podías sentir admiración por un superviviente de la guerra; en ese mismo lugar donde yo miraba a un enfermo, tú contabas por miles las ganas de luchar en la vida; en ese sitio donde yo veía una fotografía, tú sólo eras capaz de percibir un momento de la historia irrepetible, y allí donde yo veía comida, tú saboreabas la suerte.
Pero era esa forma de ser tuya la que tanto me gustaba y me sacaba de quicio, a la que me agarraba cuando estaba triste y me provocaba al mismo tiempo una envidia "sana" que sólo podía contrarrestar intentando no pensar en como te comportarías tú ante las situaciones de mi vida.
Creo que nos separamos porque me obligué a dejar de pensar en ti y en que algún día te marcharías, así que, como nunca me han gustado las despedidas, actué para provocar nuestra separación. Aceleré ese momento en el que creía que tú ya no sentirías la necesidad de llamarme, ni de hablar conmigo y contarme tus secretos, para hacerlos nuestros.
Y llegó ese día, el momento de separarnos y de no saber más de nuestras vidas hasta que alguien mandara una carta explicando lo que pasó; por supuesto, ese alguien soy yo.
Aquí tienes nuestra historia. No hace falta que contestes, ya que ni siquiera espero que leas todo esto. No te imaginas todo lo que me ayuda escribirte. Ahora ya sabes que siempre fui egoísta.
Te quiero.

1 comentario:

  1. Aunque tarde, quiero que sepas que lo que escribes merece la pena. Tu prosa tiene ritmo y lo que dices tiene mucho sentido...

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